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| En el Paseo
de la Grúa se cuentan las leyendas de los seres mitológicos
asturianos. |
La cultura tradicional asturiana tuvo gran arraigo en el
concejo de Ribadesella hasta mediados del siglo XX, cuando
los medios de comunicación, y especialmente la televisión,
introdujeron unas costumbres y unos modelos universales. Una
de las últimas costumbres en desaparecer fue la esbilla,
llamada en otras partes de Asturias esfoyaza, que
consiste en la agrupación nocturna de los vecinos
en una u otra casa de la aldea para enriestrar las
panojas de maíz que iban a ser la reserva alimenticia para todo
el año, pues este grano era la base del sustento de
la Asturias rural. Unos abrían las hojas de las mazorcas,
otros hacían las ristras y otros desgranaban -esbillaban-
las que perdían la hoja, y mientras tanto se iban contando
cuentos, anécdotas, poesías y chistes que animaban
la noche otoñal, que acababa con un gran convite de
dulces, castañas, licores y juegos. Otra costumbre del
otoño y de comienzos del invierno, que aún
celebran algunos grupos de amigos, es el amagüestu o
reunión para asar castañas y probar la sidra
del duernu, el primer mosto de sidra que sale de la mayada en
el lagar. Ya fueron cantados en 1926 por el cronista Guillermo
González, quien escribía que “son los
amagüestos como una evocación de una Arcadia riente”.
También escribió sobre otra costumbre festiva
ya desaparecida, la de hacer saleas o excursiones
en lancha por la ría, normalmente para desembarcar en
alguna isleta o arenal para organizar allí una merienda.
Mayar es machacar con mazos de mano la manzana,
que después pasará a grandes prensas de madera
para extraerles todo el jugo hasta que solo quede la magalla,
que también puede ser destilada para obtener orujo.
Cuando el dulce mosto fermenta y se hace sidra natural, la
costumbre tradicional es degustarla en una espicha,
que es el nombre tradicional de la apertura de un tonel. Las
espichas pueden hacerse también con sidra embotellada,
y siempre van acompañadas de una generosa degustación
de huevos cocidos, chorizos a la sidra, pantrucos,
jamón, tortillas e incluso mariscos en las cantiquinos y asturianaes,
pues la sidra es bebida alegre, social y cantarina.
La jila, también llamada filandón en
otras partes, era una reunión de mujeres para hilar
la lana o el lino de la propia producción, pues comprar
paños manufacturados era caro e inasequible. En estas
reuniones, que eran nocturnas, se transmitían a las
nuevas generaciones las historias antiguas, y si había
mozas casaderas, solían aparecer por allí los
mozos del pueblo para improvisar unos bailes de pandero y cortejar
un poco. En la mañana de San Juan,
que venía tras la noche más corta del año,
había que coger el primer rocío, que tenía
poderes mágicos y curaba las enfermedades. Ese día
existía la costumbre de engalanar las fuentes, un residuo
de antiguos ritos paganos de adorar el agua, asimilados por
el catolicismo, que la bendijo.
Otras costumbres rurales eran la sextaferia,
una convocatoria para que los vecinos entre 16 y 60 años
acudieran obligatoriamente para la reparación de los
caminos cuando lo ordenara la autoridad, y la andecha,
una agrupación más espontánea de vecinos
para ayudar a otro en las tareas agrícolas, que solía
acabar con un abundante convite.
La mitología tradicional tuvo también gran
predicamento en el concejo, y aún en los años
veinte pudo el etnógrafo Constantino Cabal recoger abundantes
muestras de esas creencias en la aldea riosellana de Tereñes.
El personaje más simpático de los acreditados
en Ribadesella es el Trasgu, el duende bromista
que pone el hogar patas arriba. Usa un gorro rojo y tiene la
mano agujereada, por lo que hay que ponerle pequeños
granos de linaza para que se le caigan por el hoyo, se enfade
y se vaya de la casa. La Xana es también
un personaje en el que la gente riosellana creía a pie
juntillas, y era una hermosa zagala de cabellos de oro que
salía de su cueva en la mañana de San Juan y
hacía regalos a los más madrugadores. Hay también
anécdotas de xanas malas, que robaban niños,
en Alea y la Peña Pagadín. El tercer mito de
la tríada principal de las deidades locales es el Nuberu,
el más temible para las cosechas, pues este forzudo
montado sobre las nubes es capaz de hacer descargar la tormenta
donde quiere. Se le espantaba tañendo las campanas.
Otras figuras mitológicas acreditadas en este concejo
son los Espumeros, que cabalgan las olas,
las Brujas, que según Aurelio de Llano
había una por parroquia, la temible Güestia o
Santa Compaña, el Busgosu, o sátiro
de los bosques, y el DiañuBurlón,
el diablo en una versión más sarcástica
y humanizada.
Entre las creencias antiguas, también relacionadas con
la mitología e igualmente estudiadas por Constantino Cabal
en este concejo, habría que destacar la del mal
de ojo, que podía afectar tanto a las personas
como a los animales. Para librarse del embrujo había que “pasar
el agua”, ritual que hacía una desojeadora haciendo
pasar agua, a poder ser bendita, por un disco agujereado, cuyas
burbujas simbolizaban a los ojos causantes del hechizo. Tras
echar unas gotas al fuego había que beber el agua para
librarse del embrujo. El saludador era una especie
de curandero que curaba enfermedades con sólo aplicar
su saliva y rezar algo. Los eclipses eran presagios
de mal agüero, por lo que en lugares como Tereñes
se recomendaba encerrar al ganado en la cuadra y a los perros
en casa mientras duraba el fenómeno para que no cogieran
enfermedades como la rabia. Al arcoiris se
lo consideraba culpable de secar las fuentes, por lo que había
que neutralizar sus poderes con un hilo, al que se le hacían
siete nudos, se enterraba y se pisaba, diciendo “cápalo” tres
veces.
| © Copyright de todos los textos por
el autor: José Antonio Silva Sastre |
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