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Ruta de les Muyeres Riosellanes


  • Distancia: 5.00km
  • Tiempo: ~2h
  • Dificultad: Fácil
  • Duración (días): Medio día
  •   Zona: Centro

Descripción

En los pueblos y en la cultura tradicional, si la familia es el núcleo principal, su piedra angular es la mujer, la madre, la esposa. 
A través de esta ruta, se quiere reconocer y empoderar a la mujer en la sociedad rural. Y más concretamente la mujer riosellana, que desarrolló una actividad sufrida y silenciosa a largo de muchos siglos con un rol muy definido que se prolongó hasta hace poco tiempo.
No están todas, ni todos los gremios, pero sí queremos rendir un merecido tributo a través de varios relatos, a todas las mujeres riosellanas que con su aportación a través de sus semblanzas formaron y forman parte de la historia de Ribadesella.


La ruta nos lleva a descubrir 13 puntos en la villa y la zona de la playa de Ribadesella,  en los que se pueden conocer desde figuras imprescindibles y a la vez olvidadas como la escritora Enriqueta González Rubín, o la primera promotora turística del Oriente de Asturias: la marquesa de Argüelles o los distintos gremios como las labradoras que sacaron adelante las familias de los pueblos riosellanos. Las pescaderas en un puerto pesquero tan relevante como el que fue Ribadesella y aún hoy lo es o las trabajadoras de las fábricas de conservas… y muchas otras que nos acompañarán a lo largo del recorrido.

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Trazado de ruta (606.81 KB)

Puntos de ruta

El mercado semanal en Ribadesella se viene celebrando desde que en el siglo XIII el Rey Alfonso X otorgó la carta puebla y así continúa siendo hasta nuestros días. La ubicación primitiva se encontraba entre el Ayuntamiento y la Iglesia. Sirviendo de refugio los soportales de las casas solariegas. Hoy se extiende por varias calles y plazas, manteniendo su emplazamiento original.

Quizás la diferencia más notable lo pone el medio de transporte.  Hasta hace pocas décadas las labradoras bajaban desde las aldeas de Ribadesella cada miércoles caminando. La mercancía la transportaban en un cestu sobre la cabeza. Para que no hiciera daño se colocaba el rueñu, una especie de trapo enroscado que amortiguaba el peso y asentaba el cestu. Era habitual que las acompañaran sus maridos que aprovechaban para hacer otras gestiones mientras ellas permanecían en el puesto durante toda la mañana.

Los productos que vendían eran de todo tipo, pero siempre de elaboración propia y ahí está la clave, pues se trataba de una producción artesanal: fabes, cebolles, patates, limones de su huerta…además de leche, manteca y cuajada de su ganadería…. También llevaban al mercáu animales vivos como gallinas o el trabajo de artesanía de la madera como madreñas, muy útiles durante todo el año para aislar de la humedad y el barro, venta de cerámicas cuando no existía el cristal, cestos para llevar todo tipo de enseres…¡en fin! Todavía no había llegado la bolsa de plástico. “Mi madre también andaba los mercados : llegaba hasta Arriondas con un burru que tenía y unos cuévanos.”

“A Ribadesella fuimos la primera vez porque ya iban familiares antes, entonces un buen día fuimos a llevar lo que podíamos. Me acuerdo que el primer kilo de fabes lu vendí a 40 pesetes y a 25 pesetes el cientu de cebollín, y ahora está a 7 euros, y era un dineru entonces; y lechugas a 5 pesetes.”

En el año 1936 se comienza a construir la plaza de abastos, quedando paralizado el edificio durante la Guerra Civil para terminarlo finalmente en el año 1941. Allí se asentaban puestos fijos, como carnicerías, pescaderías, frutas o ultramarinos… que pagaban un alquiler al Ayuntamiento.  Los días de mercado se instalaban las vendedoras de los pueblos, en el centro del edificio y en los laterales techados del exterior. Hoy la plaza espera en silencio mientras recuerda tiempos mejores.

Las vendedoras continúan hoy en día bajando al mercado con los mismos productos que da la tierra y con la romana a cuestas en el mismo lugar desde hace años, donde les espera la clientela más fiel. 

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El mercado semanal en Ribadesella se viene celebrando desde que en el siglo XIII el Rey Alfonso X otorgó la carta puebla y así continúa siendo hasta nuestros días. La ubicación primitiva se encontraba entre el Ayuntamiento y la Iglesia. Sirviendo de refugio los soportales de las casas solariegas. Hoy se extiende por varias calles y plazas, manteniendo su emplazamiento original.
Quizás la diferencia más notable lo pone el medio de transporte.  Hasta hace pocas décadas las labradoras bajaban desde las aldeas de Ribadesella cada miércoles caminando. La mercancía la transportaban en un cestu sobre la cabeza. Para que no hiciera daño se colocaba el rueñu, una especie de trapo enroscado que amortiguaba el peso y asentaba el cestu. Era habitual que las acompañaran sus maridos que aprovechaban para hacer otras gestiones mientras ellas permanecían en el puesto durante toda la mañana.

Los productos que vendían eran de todo tipo, pero siempre de elaboración propia y ahí está la clave, pues se trataba de una producción artesanal: fabes, cebolles, patates, limones de su huerta…además de leche, manteca y cuajada de su ganadería…. También llevaban al mercáu animales vivos como gallinas o el trabajo de artesanía de la madera como madreñas, muy útiles durante todo el año para aislar de la humedad y el barro, venta de cerámicas cuando no existía el cristal, cestos para llevar todo tipo de enseres…¡en fin! Todavía no había llegado la bolsa de plástico. “Mi madre también andaba los mercados : llegaba hasta Arriondas con un burru que tenía y unos cuévanos.”

“A Ribadesella fuimos la primera vez porque ya iban familiares antes, entonces un buen día fuimos a llevar lo que podíamos. Me acuerdo que el primer kilo de fabes lu vendí a 40 pesetes y a 25 pesetes el cientu de cebollín, y ahora está a 7 euros, y era un dineru entonces; y lechugas a 5 pesetes.”
En el año 1936 se comienza a construir la plaza de abastos, quedando paralizado el edificio durante la Guerra Civil para terminarlo finalmente en el año 1941. Allí se asentaban puestos fijos, como carnicerías, pescaderías, frutas o ultramarinos… que pagaban un alquiler al Ayuntamiento.  Los días de mercado se instalaban las vendedoras de los pueblos, en el centro del edificio y en los laterales techados del exterior. Hoy la plaza espera en silencio mientras recuerda tiempos mejores.
Las vendedoras continúan hoy en día bajando al mercado con los mismos productos que da la tierra y con la romana a cuestas en el mismo lugar desde hace años, donde les espera la clientela más fiel. 

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Enriqueta nació en Santianes, una aldea de Ribadesella, en 1832. De origen humilde, no tuvo una vida fácil, siendo niña quedó huérfana de madre, a su vez fue madre soltera y perdió a su hijo a los tres meses. Más tarde contrae matrimonio con Juan Echevarría, obligada por las circunstancias, pues al mes nace su primera niña. En las escasísimas referencias que existen sobre ella siempre figura como: “dedicada a las ocupaciones propias de su sexo”.

Sin embargo, fue una mujer adelantada a su tiempo. Uno de sus mayores méritos literarios es el no haber perdido actualidad. ¿Cómo era el ambiente en el que vivió, a mediados del siglo XIX? Nos podemos hacer una idea leyendo su novela: “Viaxe del tíu Pacho el Sordu a Uviedo”.

Así, a través del personaje, tíu Pacho, nos aporta una mirada inocente y clara del viajero,  que se asombra del escaparate de una tienda de la capital. “…güenes ganes mi pasaren de entrar a comprar unos calzones para min y una saya para la mío Baltasara; en mío vida vi tienda más maja”.

Pero no sólo eso, muestra una postura decidida a favor de las clases menos favorecidas: la población campesina, ya que ella nació y vivió en ese contexto. Denuncia los problemas que aquejan a las mujeres como la falta de oficios para subsistir y hasta los malos tratos.  Así sucede cuando Pacho descubre que Baltasara está utilizando sus manuscritos para encender el horno:
“¡Ya se sabe, cuando yo m´estelo(fijo) en tíu Pacho que estaba quemando! ¡Carape! Ganes mi dieren de agarrar un xorrascu(palo)…, pero Dios me llibre, nunca-y asenté la mano, y non quiero antamar.”

Iniciadora del género narrativo entre escritores en asturiano, como Xosefa Jovellanos, Caveda y Nava o Teodoro Cuesta.  
Escribe tanto en asturiano, en su variante oriental con la “h” aspirada, como en castellano y con soltura en francés, pero se muestra combativa hacia quienes desdeñan lo propio y ensalzan lo ajeno. Ya que en esa época las clases altas enaltecían la cultura francesa, incluida su lengua.

Enriqueta consiguió escribir un relato que pudiera interesar por igual al campesinado o a intelectuales y además divertir a ambos. 
La novela admite dos lecturas: una superficial en la que prima el humor y otra velada, donde la ironía va abriendo paso al sarcasmo y a la crítica social.
El matrimonio de la escritora no fue demasiado feliz, con problemas económicos, pues de su marido se desconoce la dedicación profesional. Tuvieron 6 descendientes y pronto quedaron sin padres. A los 45 años fallece nuestra escritora a consecuencia de un cáncer y su marido 4 años más tarde.

Enriqueta escribía verso y prosa por igual, colaboraba con periódicos de la época con artículos, poemas y narraciones. 
Desde 2003 la Consejería de Cultura crea los premios Enriqueta Gonzalez Rubín de periodismo asturiano para paliar de algún modo, el olvido que se ha tenido con esta escritora riosellana.

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A lo largo de los siglos la salazón fue una actividad habitual en Ribadesella. Es a principios del siglo XX cuando surge la moderna industria salazonera en el concejo. Las primeras factorías se instalan en el Arenal de Santa Marina, por los malos olores que despedían las fábricas. Sin embargo, con la incipiente apertura de la estación balnearia, en 1912, se implantan en la otra orilla del río Sella. A partir de esos años tuvo gran importancia la industria conservera y salazonera riosellana.

En los años 30 se pagaba a las descabezadoras de 1.50 a 2 pesetas diarias (0.012€) y las especialistas: sobadoras, cortadoras, abridoras…  de 2.50 a 3 pesetas (0.018€).

La guerra civil arrasó con todo el utillaje de las fábricas y en años posteriores se produjo una gran demanda de productos alimenticios durante la posguerra y la II Guerra Mundial. Es la época dorada de las fábricas de conserva en Ribadesella, a pesar de la escasa materia prima industrial: alambre, hojalata, aceite….
En los años 40 llegó a haber 16 fábricas de salazón y conserveras.

Las trabajadoras eran en su mayoría mujeres: 30 fijas y hasta 300 eventuales. Provenían de la villa y las aldeas riosellanas. Comenzaban a trabajar siendo aún guajas: “tenían que ponemi un taburete pa alcanzar a la mesa” todavía recuerdan.

Las jornadas laborales eran muy largas y extenuantes en la temporada de las costeras de bonito, chicharru, bocarte…. a pesar de ello, conservaban la alegría que les daba su juventud. “Trabayábamos en una jornada normal ocho hores, pero cuando venían los camiones con el pescau, teníamos que bajar les cajes, que pesaben treinta kilos y meteles dentro de la fábrica, entonces igual estábamos dieciséis hores que tou el día y toa la noche. Y contentes y cantando porque teníamos trabayu.” 
Cantaban habaneras mientras trabajaban para amenizar la tarea.

Trabajaban a turnos, ya que los horarios eran de día o de noche, dependiendo de la hora de entrada del pescado a las fábricas. A veces el agotamiento era más fuerte de lo que podían soportar y las duras condiciones laborales se reflejaban físicamente con secuelas en las manos. “Nos criaban los dedos de descabezar chicharru durante hores, con la salmuera, que era pura sal y vinagre, así que nos refrescábamos les manes, que rezumaben pus, apoyándoles en la piedra fresca de les fachades de les cases”.

Pero no todo es tristeza, las fiestas con verbena, las ganas de bailar y la juventud podían con todo. “Apenas tenía alpargates pa to los días de la semana, de unos zapatos que había tenidu quedaba-y por un lau la parte de arriba y por otru la suela suelta. Como no tenía ni aguja ni hilu a mano, amarré les dos partes con un xuncu. ¡Pues, bailé toa la noche!”

La situación de las trabajadoras era bastante deficiente y muy pocas cotizaban a la Seguridad Social cuando ésta quedó constituida. El salario era muy escaso. En 1969 cuando las trabajadoras fueron despedidas de una de estas fábricas, estaban totalmente desamparadas, no pudiendo cobrar el desempleo por no existir una reglamentación que las protegiera.

Los años 60 supusieron la desaparición de las fábricas, por la fuerte emigración hacia Europa, por la mecanización de las operaciones y el golpe de gracia lo dio la desaparición de la materia prima: el bocarte.

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Solían heredar el negocio de sus familiares ya que eran sagas de comerciantes “de toda la vida”, así que casi sin estudios, comenzaban a trabajar en los comercios. “Mi padre y-decía: deja les coses de casa y ven p´ acá. Probina, ella, como eran tantes hermanes…de toes elles solu había estudiáu una y mi madre no sabía más que les cuatro regles. “Ven p´ al negociu” insistía mi padre...”

La influencia de la emigración a ultramar era notoria, ya que parte de las personas que volvían de América, emprendían negocios de Coloniales, lo que aquí eran los ultramarinos.  

Todo cambia durante la postguerra. Son años duros de hambre y miseria. Se impone la cartilla de racionamiento para la compra de productos básicos, pero no alcanza a cubrir las necesidades alimenticias básicas, y este hecho hace que se vean obligadas a recurrir al comercio ilegal, denominado estraperlo, vendiendo y negociando todo lo que se puede: chocolate, tabaco, café…

Existía una gran solidaridad entre la vecindad para paliar el hambre y las y los comerciantes fiaban las compras porque todo el mundo pasaba mucha necesidad.
En los años 50, las ventas en las tiendas florecían gracias a la actividad que daban las fábricas de conservas, donde trabajaban muchas mujeres y se notaba el ambiente en las tiendas.

En los años 60 comienza la emigración hacia Europa: Suiza, Francia, Bélgica, Alemania…había quienes volvían pronto, pero otras personas se quedaban definitivamente en esos países.

Estas tiendas se convierten en instituciones en los pueblos y también se va transmitiendo la sabiduría de como regentarlas y administrarlas. “Mi madre, aunque no había nacidu en esi mundillo de la venta, aprendió muy rápidu; sin embargu, yo criéme ya en el comerciu, pero a mi madre siempre-y respeté tou lo que ella dijo. Con la guaja mía, yo enseguida hici que se incorporara y tomara ella decisiones. Ella fue la que hizo los grandes cambios en la tienda.”

Algunos de estos últimos comercios que regentaban mujeres en Ribadesella eran de lo más variopinto, como ultramarinos, fruterías, pastelerías, tiendas de regalos, carbonerías, mercerías, zapaterías, boticas, tiendas de arreglos de ropa y de medias e incluso una mecánica de taller de bicicletas.

El comercio de barrio conserva la sonrisa, la familiaridad, el saludo…como las tiendas de antaño. 

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Hasta hace bien poco, los hombres gozaban de privilegios familiares incluso en la educación. Los hijos varones eran los elegidos para estudiar, tuvieran o no predisposición para ello, mientras que las hijas, aunque sintieran esa inquietud tenían que renunciar, porque el destino de toda mujer hasta hace pocas décadas era contraer matrimonio. Así se preparaban desde niñas aprendiendo a coser y bordar para el ajuar y una vez casadas poder zurcir y confeccionar la ropa de toda la familia.

Éste iba a ser uno de sus quehaceres diarios después de una dura jornada trabajando en el campo y en casa. Durante la noche bajo una tenue luz remendaban las prendas de trabajo, cosían la ropa de los domingos para toda la familia y zurcían los calcetines ayudadas con un huevo de madera.

Era habitual aprender a coser desde niñas con alguna de las modistas de la villa de Ribadesella. Entre esas modistas destacaron Maruja “la asturiana”, nombre que le venía de la pensión que su madre regentaba. Contaba con un taller de bordado con 20 máquinas y allí aprendieron un sinfín de chicas de la comarca. Otra de las maestras de la aguja fue Marina Prieto, quien enseñó a varias generaciones de riosellanas.

Así comenzaban a realizar encargos para las vecinas y ganar las primeras “perrinas”: realizando trajes de hombre, trajes de novia que durante décadas fueron oscuros y de chaqueta y falda o ropa de domingo, día destinado a estrenar prendas nuevas.

Las hojas del periódico eran un buen material sobre el que dibujar los patrones con tiza azul. En casi todos los pueblos había una vecina más diestra que cosía por encargo para las demás algún traje para un día especial o bien se encargaba a las modistas de Ribadesella.

Con la emigración hacia América en los años 50, muchas de las riosellanas aprovecharon los conocimientos adquiridos en su lugar de origen para establecerse como modistas y labrarse un buen futuro en aquellos países.

Las modistas vistieron a varias generaciones con los géneros que compraban en comercios como “La Moda” último que cerró sus puertas en Ribadesella o incluso accedían a telas procedentes de ultramar, gracias a la emigración a América. Aunque lo habitual era que las vecinas las compraran para después llevarlas a la modista a cortar.

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Una de las características de los Indianos e Indianas, fue el interés que manifestaron por el bienestar y el progreso de su comunidad de procedencia, participando entre otras cosas, en iniciativas en favor de la enseñanza, teniendo en cuenta que sufrieron en carne propia una rudimentaria formación, no asistiendo apenas a la escuela, para más tarde, labrarse un futuro en América. Así envían dinero para la construcción de escuelas en la mayor parte de los pueblos del concejo o se hacen cargo de su administración como Avelina Cerra y Asunción del Valle Pérez.

No sólo eso, emblemáticas maestras de principios del siglo XX, que educaron a varias generaciones de niñas en la capital municipal, provenían de ultramar.
En 1907 se constituye el colegio de las Dominicas de la Anunciata “el colegio de les monjes”, internado y medio pensionado femenino que actualmente continúa activo y que es una institución en Ribadesella.

En 1919 se inauguran las escuelas primarias en la Atalaya con la participación del Ayuntamiento y emigrantes a ultramar de origen riosellano.

Mientras, las maestras y maestros recorrían las escuelas de los pueblos, con frío y lluvia. Con un sueldo mísero impartían su saber a toda la infancia riosellana.

En los años 20, Magisterio era la única profesión que podía ejercer una mujer. Ser solteras era un requisito indispensable. Sin embargo, a principios de los años 30 la política de formación y mejora del cuerpo docente supuso un cambio. Cobrando el mismo salario y estando igual de bien consideradas las mujeres que los hombres.

A partir de los años 40 la enseñanza primaria se fundamenta en la religiosidad y la exaltación del patriotismo.

Las futuras maestras realizaban sus estudios de Magisterio o La Normal, como se decía antes, en Oviedo y después se presentaban a las oposiciones.

Hacia los años 60,  se comienzan a introducir cambios en la enseñanza tradicional que se estaba dando hasta entonces en las zonas rurales, basándose en el conocimiento de las necesidades primarias del alumnado, el hecho diferencial rural, que conlleva el que se repartan las cargas entre la familia. Eso sí, con grandes dosis de religiosidad como mandaba la época.

Se llegaron a formar equipos femeninos de balón volea, que puede ser banal, pero en aquellos años era una proeza, ya que las actividades de la época eran las “labores del hogar”, haciendo que las chicas conocieran otras perspectivas, tanto de trabajo como de ocio, distintas a las tradicionales.

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“No soy de ciudad, yo soy de pueblu”. Así reivindican su lugar nuestras mujeres rurales mientras recuerdan su infancia ayudando en las tareas del hogar: “carretando” calderos de agua en la cabeza, iban de la fuente a casa varias veces al día o llevaban los cestos de maíz al molín, para volver con la harina y así elaborar los pantrucos (morcilla tradicional de Ribadesella, envuelta en berza), boronas, tortos….  o comenzaban a cuidar del ganado y a labrar la tierra. Al mismo tiempo iban a la escuela, las que podían. Estudiaban con un único libro, la famosa Enciclopedia: “en aquel libro estaba todo” dicen ellas. “En aquellos años la vida normal era ir a la escuela, pero pocu, ayudar en casa en tou: cuidar les vaques, ir a la leña, a herba, a segar. Una vida de aldea, de probines, y no como ahora…” 
Para prepararse al futuro matrimonio, además de las labores del campo, aprendían a coser y bordar.

Pasaban la vida entre ganado: vacas, cabras, ovejas…. e incluso las relaciones interpersonales se establecen cerca de los animales. “Yo soy la última de les hermanes, éramos siete vástagos en total, el mi hombre y yo nos conocimos desde siempre, nos conocimos en la cuadra, como quien diz meciendo. Cuando murió mi padre, en casa quedamos con muchu trabayu y venía a ayudanos… pero yo creo que ya venía con picardía”.

Así continuaba el devenir de los días con mucho esfuerzo para salir adelante.

En un día habitual, por la mañana se levantaban al amanecer, mientras el hombre iba a ordeñar las vacas, la mujer preparaba el desayuno para todos: tortilla, chorizos fritos, café...alimentos contundentes para encarar las labores del día. Después él se iba a segar, mientras ella comenzaba las labores de la casa, lavar en el río, labrar la huerta, ir al molino a por harina y preparar la comida. Por la tarde después de comer, el hombre echaba la siesta, ella terminaba de recoger la mesa y lavar los platos e iban juntos a “atropar la herba”, apilar la hierba para llevar al ganado. Continuaba la tarde yendo a la fuente a por agua. A última hora de la tarde,  juntos van a mecer, ordeñar las vacas. Las mujeres a cocinar la cena y recoger y limpiar, preparar la comida del día siguiente y ya entrada la noche cosían o remendaban la ropa, mientras el marido y la prole estaban ya en la cama.

En los veranos, la estampa típica era la de les muyeres vareando la lana para rehacer los colchones. Aquello era casi, una profesión. Anualmente se deshacían los colchones para airear y esponjar la lana mediante una paliza de órdago. A cada varada la lana saltaba, subía, bajaba y lo mejor era el ruido de la vara. Todo un arte. 
Había que hacerlo al sol, claro.

Cuando estaba bien varado, removido y aireado se volvía a introducir la lana en la tela, se cosía y a disfrutar del placer de dormir en un colchón de lana para el resto del año.

La vida de las familias va girando en torno a la cosecha y el ganado. “Ahora la vida del campu no e como la de antes, hoy trabayando muchísimu menos se saca muchu más rendimientu, antes era mecer, segar, cebar, estar pendiente tou el día y toa la noche…”
Se autoabastecían con lo que daba la tierra y los animales, por eso las abuelas campesinas recuerdan que, aunque no se ganara dinero, siempre tenían para comer.

Ahora ven pasar la vida con una pizca de nostalgia y tristeza “porque había más gente en los pueblos,  los vecinos se juntaban para ciertos trabajos: pa mayar manzana acudía la vecindad, a las esbillas (desgranar) venían voluntariamente y así pasábamos buenos ratos”. Es merecido reconocer el esfuerzo, la vida tan sacrificada y la nula visibilidad, hasta ahora, de la mujer del campo.

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La tradición marinera en Ribadesella viene de siglos atrás, pues desde la Edad Media fue un puerto pesquero muy pujante. Desde entonces vivían familias enteras alrededor de la pesca, hoy en día se podría decir lo mismo, aunque en menor medida.

Durante los años 50, con la costera del bocarte, el puerto se transformaba desde las primeras horas de la mañana hasta el mediodía en un trajín que hoy no podríamos imaginar: pensemos en casi un centenar de barcos atracados en hilera, venidos de distingos lugares, el olor a marmitas, la actividad frenética de los pescadores desembarcando el bocarte, los carros de transporte a las fábricas de salazones y conservas, el vocerío en el puerto y la sirena de la Rula (lonja) llamando a la subasta…  Es aquí donde se encontraban nuestras pescaderas compitiendo con las fábricas de conservas en la puja, pudiendo comprar 4 o 5 kilos de xardes, sardines, parroches…lo más habitual…raro era merluza o lubina y por eso lo cambiaban por fabes o patates.

La precaria situación económica hacía que abandonaran la educación elemental a los 10 años para trabajar ya como adultas. Sin embargo, jugaban a correr por las calles y a las canicas como niñas que eran. Comenzaban ayudando a sus madres, vendiendo de casa en casa, agarrando la caja de pescado, cada una por un asa.

Durante la posguerra, la necesidad hacía que no sólo vendieran pescado, iban al pedral a por “llampares”, lapas o “arcinos”, erizos de mar. “Mi madre pasó muchu, la probitina, pa danos de comer y pasó toa la vida vendiendo pescau y yendo al pedral a por llámpares y yo iba con ella, aunque era una cría”.

El poco tiempo libre que les permitía el trabajo, ya de mozas, celebraban las Fiestas de Santa Marina, la Fiesta de Les Piragües o de la Virgen de Guía, a quien tienen gran devoción por ser la patrona.

El muelle además de para trabajar servía para cortexar o ligar y así se casaban celebrándolo con los pocos medios de los que disponían: “Comimos garbanzos con los que llenamos la barriga, fuimos de paseo a La Grúa y después al cine: esi mismu día cuando íbamos paseando decíanme los que me vieron: ¡madre vas muy guapa! iba con un traje de chaqueta que mi había hechu la modista.”

El paseo de La Grúa era por entonces destino habitual para muchos de los nuevos matrimonios.

“De viaje de novios fuimos a La Grúa, no teníamos perres y quedábannos veinte duros porque guardelos yo en una jarra, pa tener algo pa comer. Había una caseta al final de la Grúa y en ella Tino “el prácticu” tenía unos antiojos que se veían los barcos de fuera. Cogímoslos y así vimos el mundu.”

Mientras los maridos salían a faenar, las mujeres alternaban múltiples trabajos: limpiaban la Rula, vendían pescado por las calles y pueblos, trabajaban en las numerosas fábricas de conservas y salazones o “limpiaban la angula” antes del pesaje. Consistía en apartar las angulas muertas, quitando el exceso de agua y alguna diminuta piedra que pudiera influir en el precio. Pero debido al hambre entraba en juego la picaresca. “Ahí saqué yo buenes perres. Había unos coladores grandes que estaban rotos y yo empujaba unes poques angules pa que cayeran al calderu del agua.”

Repartían caminando por los pueblos del concejo de Ribadesella, pero tenían muy definida la zona de cada una, para no hacerse así la competencia.  Recorrían los mercados semanales de Infiesto, Cangas de Onís, Nava, Arriondas… caminando hasta 50 kms. Las últimas pescaderas, en torno a los años 70, ya bajaban del mercado de Cangas de Onís en taxi, que pagaban cuando volvían de hacer la venta. “Subíamos en tren hasta Arriondes y algunes llegábamos a Cangues en taxi y decíamos-y al taxista: “págote a la vuelta” porque no teníamos una perra.”

Sin embargo, a partir de los años 60 la situación de las pescaderas y sus familias poco a poco mejoró, no solo laboralmente, sino con las nuevas viviendas de pescadores, como las del Tocote.

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“La señora murió jarta de tó”. La “señora” era María Josefa Argüelles Díaz, marquesa de Argüelles; “tó” eran los banquetes, fiestas y placeres mundanos de los que no se privó en vida; la expresión literal fue de una de sus sirvientas, con la hache aspirada natural del Oriente de Asturias.

La marquesa, era de corta estatura, menuda y con gran temperamento, evidenciado en el mundo de los negocios, ya que era una mujer activa y emprendedora, dotada de astucia e intuición singulares. Por otra parte, era sociable, alegre y simpática lo que hacía que tuviera una intensa vida social, codeándose con la aristocracia, burguesía, la clase política y por supuesto, la Familia Real. Se decía de ella, que era una mujer liberada, nada remilgada y con una dinámica vida afectiva.

María, como se le llamaba familiarmente, era hija única de Ramón Argüelles Alonso, Indiano que hizo gran fortuna en Cuba. Se casó en 1883 con Federico Bernaldo de Quirós y Mier, de rancio abolengo, pero no de desahogada posición. Eran frecuentes estos matrimonios, que se llamaban en la época “unión de blasones y talegos” aludiendo a la fortuna indiana de ella y los títulos nobiliarios de él.

Es indudable el protagonismo de María en los negocios turísticos emprendidos en la costa oriental asturiana, pese a que la historia diera protagonismo a su marido, ya que ella pondría la fortuna, las ideas e iniciativas económicas y las relaciones sociales. Sin embargo, la condición de varón permitía el acceso a los consejos de administración de las empresas, al ejercicio político y a la concesión de propiedades públicas, vetado a las mujeres.

La marquesa es la responsable del proyecto turístico riosellano en primera línea de la playa de Santa Marina, donde hoy se levantan magníficos chalés, por ello se nombró hija adoptiva y predilecta del concejo de Ribadesella en el año 1912 en su papel de promotora del turismo estable y de élite en Ribadesella.

La visita de Alfonso XIII en 1918, fue una hábil estrategia de la marquesa para promocionar a nivel nacional el emergente barrio de veraneo de la playa de Santa Marina:  “Los marqueses de Argüelles, que puestos a organizar fiestas sabían hacerlo y lo hacen siempre regiamente, habían dispuesto todos los detalles para que la visita le resultara al monarca deliciosa. El largo trayecto de carretera que desde la general conduce al magnífico chalé de los marqueses y a la playa, se hallaba engalanado artística y vistosamente con guirnaldas de flores, gallardetes, banderas y escudos. A la entrada del puente había un arco del Ayuntamiento con la dedicatoria “Ribadesella a S.M. el Rey” ( El Carbayón, diario asturiano de la mañana. 19.7.1912)

Estos actos sociales contaban con visitas distinguidas tanto en su chalé de Ribadesella como en su domicilio madrileño.

La construcción del puente metálico sobre la ría soldó el arenal con la villa de Ribadesella, viendo sus posibilidades como espacio residencial de recreo inmediato a la playa, convirtiéndolo en una colonia veraniega de élite. La marquesa invirtió en un negocio en la época poco frecuente: el inmobiliario. Supo entrever la potencialidad turística de Ribadesella cuando a inicios de siglo estaba concentrada en Gijón y Salinas. Esto no puede entenderse sin el fenómeno global y contemporáneo de los baños y estancias veraniegas en el litoral, practicado por la buena sociedad de entonces.

Hoy en día, esta hilera de chalés en primera línea de la playa de Santa Marina, componen una de las imágenes más representativas de Ribadesella gracias a la iniciativa de una mujer.

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No es habitual encontrar empresas riosellanas dentro del sector secundario formadas íntegramente por mujeres. De hecho, habría que remontarse a 1926 para encontrar la primera de ellas, un sindicato femenino cuyas integrantes confeccionaban alpargatas en sus domicilios y que llegaron a fabricar mil docenas al año. La última empresa de estas características se fundó como cooperativa de confección en el año 1981. Era la época en la que el paro estaba disparado y la brecha de género era más que evidente para las mujeres.

Si hablamos de confección antes de asentarse esta cooperativa, las precursoras las encontraremos en las modistas que daban clases a las vecinas durante décadas, hasta bien entrados los años 70. Cuando no existían las marcas comerciales que tenemos hoy en día y en el que las mujeres se hacían su propia ropa y la de sus familias.

Con la emigración hacia América en los años 50, muchas de las riosellanas aprovecharon los conocimientos adquiridos en su lugar de origen para establecerse como modistas y labrarse un futuro en aquellos países.

Volviendo a nuestra cooperativa, comenzaron 13 mujeres, que tomaron el nombre de la mitología astur, precisamente porque las Xanas son deidades femeninas. Comenzaron aportando un pequeño capital cada una de ellas para confeccionar ropa de trabajo y más tarde ropa de moda. Varias ya sabían coser a máquina y otras fueron aprendiendo para coger destreza a la hora de elaborar las prendas en un tiempo determinado, para así trabajar en cadena, hasta finalizar la prenda para que la producción fuera rentable.

Las decisiones dentro de la empresa se tomaban por mayoría y destacaba la unión y el compañerismo.

Después de varias décadas de mucho trabajo y tesón, pasando por malos momentos y buenos, finalmente esta cooperativa terminó cerrando sus puertas. 

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El Instituto de Educación Secundaria de Ribadesella y el Chalé Verde están indisolublemente unidos, no sólo por encontrarse uno frente al otro, sino que el puente de unión es una familia, una mujer: Avelina Cerra Rosete.

Una de las características de los indianos y las indianas, fue el interés que manifestaron por el bienestar y el progreso de su comunidad de procedencia, participando entre otras cosas: en iniciativas en favor de la enseñanza,  teniendo en cuenta que, sufrieron en carne propia una rudimentaria formación o nula en su infancia. En este contexto y por su labor altruista se puede entender las figuras de Avelina Cerra y de su marido Dionisio Ruisánchez.

Avelina Cerra nació en Abéu, una aldea de Ribadesella, en 1900 y es en Santander donde estudió Magisterio. Los veranos los pasaba en la playa de Ribadesella, donde su tía tenía dos casas en primera línea.

Avelina conoce a su futuro marido, Dionisio Ruisánchez, un Indiano que hizo fortuna en Cuba, con negocios de mueblerías. Y ambos se trasladan a vivir a la isla, pasando los veranos en el chalé Verde, en la playa de Santa Marina.

Cuando fallece Dionisio en 1956, sin descendencia, deja en su testamento una dotación económica para crear una fundación benéfica, con el fin de proporcionar la adecuada instrucción para el aprendizaje de un oficio a la juventud de ambos sexos de Ribadesella, menores de 21 años, de familias modestas que carecieran de medios para costearse los estudios. 
En 1965 Avelina Cerra compró una finca y una antigua fábrica de sidra, donándola a la Fundación, además de las cantidades provenientes de las rentas del capital fundacional. El inmueble se transformó en el colegio Libre Adoptado Fundación Ruisánchez, como Centro de Educación Secundaria y Formación Profesional hasta la inauguración en 1991 del actual Instituto.

Hoy en día es la institución de enseñanza más importante del concejo y sigue proporcionando becas para que la juventud estudie y no sólo esto, sino otorgando pensiones vitalicias a ancianos y ancianas sin recursos, o el local para la Asociación de Jubilados y Pensionistas “Los más grandes”.

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El servicio de barcaje de L´Alisal a Lloviu, fue creado por el municipio en el siglo XVIII y fue el medio de transporte más antiguo destinado al trasvase de mercancías, ganado y personas entre las márgenes del río Sella en su tramo final, que se mantuvo hasta el año 1967.

L´Alisal se encuentra a 4 kms. río arriba de la villa de Ribadesella, siendo el paso más estrecho para cruzar el Sella en su desembocadura, por lo que fue muy utilizado durante siglos. El hecho más notable sucedió en 1517, cuando el futuro Rey Carlos I y su séquito utilizaron el servicio de barcaje para cruzar el Sella y poder descansar en nuestra villa, para continuar hasta la Corte en Valladolid.

El servicio de barcaje funcionaba como una concesión con el Ayuntamiento, que entregaba un dinero en efectivo como compensación por transportar sin coste alguno a quienes no podían pagarlo.

La propiedad de la barca pertenecía a la familia concesionaria. Era de fondo plano, popa plana, calafateada y tenía capacidad para 6 o 7 personas. Con la marea alta utilizaban unos remos para maniobrar y con marea baja, el “cuentu”, una vara de fresno o de eucalipto para apoyarse en el fondo del río e impulsarse mejor.

El manejo de la barca lo realizaban indistintamente hombres o mujeres, a decir verdad, niños y niñas ya que comenzaban desde edades muy tempranas.

Al grito de ¡¡¡Barqueraaaaaaa!!! Las llamaban para cruzar el río. La familia se turnaba: padres, madres, hijos e hijas para realizar la labor los 365 días del año y desde la mañana hasta bien entrada la noche.

El precio del pasaje lo establecían las barqueras. Iba desde unos céntimos hasta 2 pesetas (0.012€) el último año, en 1967, que se cobraba a cada persona, ida y vuelta. Aunque los y las habituales disfrutaban de alguna rebaja, pagando sólo 1.25 pesetas (0.007€). ¡Eso sí, el Día de les Piragües, como llamamos al Descenso Internacional del Sella, la tarifa subía!

La clientela habitual eran obreros de la corta de madera, la vecindad de L´Alisal, Xuncu, Lloviu… pueblos de alrededor que tenían que ir y venir: al mercado a la villa los miércoles, a las fiestas de uno u otro lado, a los entierros…. el personal de correos pagaba tarifa normal por cruzar, pero de la tarifa del personal sanitario se hacía cargo la persona a la que iban a atender.

Otros recuerdos rememoran las mañanas heladas, los días de lluvia y el impermeable que utilizaban era un saco puesto de picota.

Una vez embarcaron a un probe (pobre) que llegó con mucho miedo, que explicó que iba huyendo de una casa en la que paró a pedir limosna, al abrir la dueña de la casa le dice: “espera un pocu que estoy colgando probes” por lo que puso pies en polvorosa. (Probes se llama al pantrucu o morcilla envuelta en berza, típica de Ribadesella.)

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